Amanece un día otoñal húmedo y fresco.
El viajero, en el andén de la estación, espera la llegada del tren que le llevará hasta el lugar, tanto tiempo añorado.
Desde su infancia bulle en su cerebro la idea de ver el sueño cumplido. Ahora, por fin, se acerca el momento.
Después, cuando el Sol se alza por el horizonte, a través de los cristales empañados por el vaho de su propia respiración, contempla: las extensas llanuras que se extienden hasta fundirse en el lejano horizonte; llanuras de arcilla rojiza, moteada con majanos de piedras caliza y hierbajos de color ocre, que los envuelven y embellecen.
Más próximo, a escasa distancia, los postes del tendido eléctrico pasan velozmente en una fugad y uniforme carrera, en la que nunca, a la meta llegan.
El maquinista hace sonar el silbato en aquel tortuoso valle de empinadas laderas, a veces salvadas por oscuros túneles en donde el ruido de las ruedas, y el silbar del vapor, rompen el silencio y se extiende por la llanura.
En la lejanía, cuando el ocaso levanta y el Sol decae, se vislumbran el resplandor de la ciudad preparándose para el descanso.
El chirrido del freno le estremece. Poco a poco, el tren pierde velocidad y se detiene. El viajero baja y por el andén camina, arrastrando la ilusión la que, a medida que avanza, se desvanece.
Desde el vestíbulo, a través de los cristales que lo iluminan, contempla la larga avenida repleta de automóviles circulando con las luces encendidas.
Encandilado, vislumbra que se acerca el momento.
Decididamente sale.
Desde arriba, envolviendo la luna en cuarto creciente, acariciando las terrazas y aleros de los edificios, se aproxima el nebuloso halo que lo envuelve.
La ilusión que durante tanto tiempo ha dado sentido a su vida, se desvanece, y en plena simbiosis, se esfuma.
” Lo importante no es el destino, sino el viaje”.
Sueños Cumplidos

