Sheep grazing under a broad tree in a dry grassy field with rolling hills

Junto al viejo tronco de la encina me he detenido.
Dedos ásperos y flexibles de hojarasca,
En el cabello me han acariciado.
 
A la sombra de la encina me he sentado, y sobre mi cabeza, hojas secas y trocitos de corteza desprendidos de las ramas, han caído.
Percibo en mis piernas la humedad de la hojarasca sobre la que estoy sentado, mojada por el rocío de la madrugada.
Escucho el silencio del bosque, el ruido de la brisa, el aflautado canto de la oropéndola.
El leve crujir de la broza originado por lagartijas y escarabajos, atrae mi atención.
Un saltamontes revolotea y se posa en el dorso de mi mano, la que, descuidada, sobre mi regazo descansa. Cuando intento atraparlo, salta espantado, y lo sigo con la mirada.
Mi conciencia retrocede en el tiempo y me veo con sandalias de goma y pantalón corto, por el rastrojo, corriendo tras él.
Al intentar atraparlo, salta, juega, se burla de mí. Hasta que, cansado del juego, con un ligero vuelo se pierde entre espartos, tomillos y aulagas.
Y.… ¡sigo sumido en mi consciencia!
Y veo, espigadoras recogiendo las espigas, que las hoz del segador, atrás deja.
Pasan por mi mente arcaicos recuerdos de lejanas vivencias.
¡Oigo ruido!
¿Son pasos?
¡observo!
–Sí, son pasos.
Alguien se aproxima y lo hace despacio; lo intuyo por la cadencia de la pisada sobre el polvo de la vereda.
El murmullo cada vez es más cercano.
Mi mente y mirada siguen perdidos en el recuerdo, en el lejano horizonte.
Levanto la vista atraído por la silueta de una figura que se detiene.
–No quiero molestar —me dice el hombre de escuálida figura que, frente mí, se detiene–.
-Por favor, siéntese, no molesta —le contesto sorprendido–.
–¿Descansa?
–Sí, descanso plácidamente en el recuerdo.
Se sienta sobre la hierba, descuelga el morral que lleva colgado en bandolera, lo abre y saca de su interior una fiambrera, navaja, pan, lata de conserva, una naranja, y me pregunta:
—¿le apetece?
—Gracias, que le aproveche —le contesto–.
Come sus viandas despacio, muy despacio: tocino, atún enlatado, y al final, la naranja de postre.
Bebe de una cantimplora y me la ofrece:
 –Eche un trago, es agua.
Con plena conciencia lo observo, algo me transmite este hombre:
¿Paz, sosiego? ¡No lo sé!
 Su aura me envuelve, no sé qué decir.
Ignoro el tiempo transcurrido o si el tiempo existió.
La mirada del extraño hombre se posa en mí, al tiempo que sacude las migajas caídas en su regazo.
Se levanta y me dice:
—Amigo, que Dios le guarde; ha sido muy grato el almuerzo, con su compañía. Gracias.
—Gracias a usted, —le contesto sin saber que más añadir–.
El tiempo transcurrido ha debido de ser largo.
La sombra de la encina que al inicio cubría todo el espacio, se ha desvanecido y ahora, los rayos de sol queman mi piel desprotegida.
Con los ojos entornados miro la misteriosa figura de pelo largo, rizado y canoso, un tanto descuidado; la barba cuelga y descansa sobre su descubierto pecho, erizada y larga.
–¿Cuál es su nombre? –le pregunto antes de que se marche–.
–Se me conoce por estos parajes como el Pastor de Alta Coloma. Mi nombre es Andrés, en honor al Patrón del pueblo en el que he nacido.
–También el patrón de mi pueblo es San Andrés, –le digo–.
–Curioso, –me contesta él–.
Sin decir nada más, fija en mí su mirada, se vuelve y erguido, con la cabeza alzada, sigue su caminar.
Después, entre chaparros, encinas y quejigos, se esfuma.
A lo lejos, en los prados de la Dehesa de Alta Coloma, se escucha:
Sonidos de cencerros, balidos de ovejas y, se oye, al perro del pastor ladrad.
Y cuando me incorporo, veo al leñador, con el haz de leña sobre su espalda caminar.
Detrás del leñador, la mujer, con un cubo lleno de greda sobre la cabeza, lo sigue.
 
 En los fríos inviernos,
La leña, caldea la hoguera.
El humo, ennegrece el humero.
 
En primavera,
lo volverán a esclarecer,
el deshollinador y la greda.
 

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