El canto de la oropéndola
“Si te aflige algo externo, no es ello lo que te perturba, sino tu propio juicio sobre ello. Y está en tu poder borrar ese juicio ahora mismo.” — Marco Aurelio, Meditaciones VIII, 47
Esta mañana, entre los chopos del Genil, la oropéndola ha vuelto a trazar su flauta dorada sobre el aire. No canta para ser escuchada; canta porque su naturaleza es cantar. Su silbido líquido, breve y perfecto, no pide permiso ni espera aplauso. Aparece, llena el soto, y desaparece, dejando la misma quietud que encontró. Así nos recuerda la lección más antigua: la belleza no necesita justificarse, solo suceder.
Marco Aurelio escribía entre campañas y fiebres, y sin embargo encontraba en ese juicio interior el único territorio inviolable. La oropéndola no controla el viento, ni al azor, ni al invierno que vendrá. Controla solo su canto. Nosotros tampoco gobernamos la opinión ajena, el rumor, ni la prisa del mundo. Pero podemos, como ella, elegir el tono con que respondemos. Borrar el juicio que nos encadena y devolver al mundo, limpio, nuestro propio canto.
Juan Nicolás Navarro
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